

Tenía el firme propósito de redactar y compartir esta publicación, ya que me encuentro situado a ambos lados de la balanza: como «Entrenador y Atleta». Con el tiempo, he comprendido que mi profesión está profundamente vinculada a mi estilo de vida.
Solicito encarecidamente que no perdamos la empatía y que evitemos mostrarnos fríos y distantes con los atletas. En esta disciplina se requiere de una gran carga humana, una estrecha relación personal y, sobre todo, la capacidad mutua de escuchar y ser escuchados como «Personas y Amigos».
Demando ser escuchado y valorado. Si bien tengo plena conciencia de que se precisan unas directrices, unos métodos, una disciplina, así como una constancia inquebrantable, una gran capacidad de trabajo y una profunda paciencia —mucha paciencia—, por encima de todo ello, el atleta necesita un entrenador accesible. Alguien con quien mantener una relación humana y fluida, de modo que, ante problemas reales, sus inquietudes sean atendidas y valoradas como merecen.
Existe el refrán de que «de tal palo, tal astilla», y es que un atleta termina siendo el reflejo de su entrenador. Si nos mostramos receptivos, poseeremos una mayor capacidad de aprendizaje, de escucha y de apreciación por nuestra labor. Dicho entrenador, además de ejercer como amigo, debe erigirse en el espejo que guía el destino de cada atleta, tanto en lo deportivo como en lo personal. De este modo, es seguro que ambos (Atleta y Entrenador) disfrutarán de cada paso y de un fantástico trayecto deportivo en común.
Un entrenador puede exhibir mayor o menor exigencia y tiene la obligación de establecer pautas de trabajo idóneas; sin embargo, mucho más allá de trazar un plan, ante todo debe ser «humano», capaz de escuchar y de NO operar de manera automatizada. Es imperativo abrir la mente, valorar, corregir y actuar en consecuencia.
Sencillamente porque estoy cansado de escuchar a atletas desilusionados con este maravilloso deporte por culpa de directrices deficientemente estructuradas por parte de sus «preparadores físicos o entrenadores», pero sobre todo, debido a una absoluta carencia de profesionalidad y empatía en el vínculo entre «entrenador y atleta». Se demanda mayor profesionalidad y, al mismo tiempo, mayor humanidad.
No se debe actuar de forma automatizada, fundamentándose únicamente en métodos de entrenamiento estrictamente matemáticos —ojo, esto último resulta muy adecuado siempre que se combine con un trabajo humano y cercano, teniendo como norma fundamental que no todos los días nos encontramos en las mismas condiciones físicas y mentales—. No obstante, NO es admisible adoptar una actitud fría y distante mientras se aspira a obtener rendimiento y bienestar. La pérdida de empatía jamás debe considerarse una opción; la falta de profesionalidad y dedicación me indigna, y lo expreso con total claridad.
Estimados compañeros «entrenadores», seamos profesionales pero sobre todo personas capaces de evaluar a cada atleta de manera individualizada y humana. Más allá de un plan estandarizado, existe una «vida que sueña». Transmitamos lo genuinamente divertido y enriquecedor que resulta entrenar de manera adecuada.
Dicho esto, dejo que cada cual reflexione sobre “su labor como entrenador y sus valores como persona”.